Montado en mi recio caballo,
cabalgo y peino haciendas.
Me quito sin contemplación
para poder respirar, el yelmo.
Y es que viejo me llaman las chicas,
niño las mujeres.
Diviso horizonte ajeno,
donde la dicha es cierta
y el miedo ha perdido terreno,
de bruces doy contra el suelo.
Y es que inservible me llaman los ricos,
vanidoso los necesitados.
Golpeo fuerte el peto,
a mi corazón le fortalece el hierro,
requisito para esta empresa
el poder cubrir mi pecho.
Y es que borracho me llaman algunos,
cliente el dueño de la taberna.
Al viento desenvaino el acero,
haciendo ademán de fortaleza,
aprieta el paso mi corcel,
para rescatar a nuestra princesa.
Y es que anticuado me llaman las
promiscuas,
insolente las recatadas.
Doy muerte al dragón de fuego,
rescato a la bella dama
Liberándola de su correctivo,
pero de bruces doy contra el suelo.
Y es que prepotente me llaman los cobardes,
honesto los criminales.
Mi jaco trota desorientado,
volveremos a tirar de mandoble
e intentaremos salvar el mundo,
en esta contienda que viene.
Y es que loco me llaman los aburridos,
insulso los excéntricos.
Decae el coraje devastado,
a razón de nuevas derrotas
que oxidan la armadura de hierro,
sin rastro alguno de victoria.
Y es que ligero me llaman las tortugas,
pesado las gaviotas.
Proseguimos errando sin rumbo,
tanto caballo como caballero,
intentando buscar mi lugar,
doy de bruces contra el suelo.
doy de bruces contra el suelo.
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